viernes, 6 de junio de 2014

Hemos perdido una batalla, pero la guerra continua


En febrero de 2011 la Telefónica internacionalizada de Alierta quería dar un notable golpe de timón para terminar de imponer la voz de las mafias financieras sobre los restos de la que fue la empresa del cambio tecnológico.
Primero fueron los símbolos materiales, como el edificio de Estel, al que oportunamente se había dejado agonizar. La venta de todos los edificios no era solo una argucia financiera… Había algo simbólico detrás. Como los ERE’s… ¿De verdad en Telefónica sobran trabajadores cuando se ve obligada a usar muchos más trabajadores de contratas trabajando bastantes más de 40 horas semanales? ¿De verdad el problema está en los salarios cuando se hace cada día con nuevos ejecutivos caros e improductivos como pago a viejos favores de polítiquillos de segunda fila?
Así que, en aquel momento llegaba el momento de dar un golpe de timón porque los metereólogos del poder ya hablaban de los vientos del cambio… de su cambio.
En febrero de 2011, aprovechando una Reforma Laboral de unos meses antes, con que el gobierno de Zapatero se había vendido a la Troika; despidieron a Mari Cruz y Marcos, por bajas médicas.
Ya unos meses antes, Telefónica había mostrado su gigantesca fortaleza cuando despidió, en Madrid, a varios sindicalistas que molestaban, llegando a monstruosidades que no se pueden describir si no se quiere acabar ante la justicia, porque esta les dio validez (nunca sabremos si intencionadamente). De resultas de aquellos despidos, el compañero Álvaro nunca recuperaría su empleo.
Esta vez había buscado perfiles muy diferentes. En primer lugar una empleada que se había mostrado durante muchos años como un ejemplo en el servicio a la empresa, pero que con el tiempo la enfermedad le pasaba factura. De otro un compañero… sí, compañero es la palabra que mejor lo define. Un compañero que estaba en uno de los departamentos más exigentes en ampliación de conocimientos tecnológicos y en muchos otros aspectos… Un compañero que siempre había estado ligado a los ámbitos sindicales y que preveía presentarse a las elecciones que tendrían lugar en pocas semanas.
Un Convenio Colectivo que había entrado en periodo de prórroga, unas elecciones sindicales y el fantasma de un nuevo ERE.
Un viernes a última hora, con la ocultación típica de la traición, llamaron al compañero Marcos al despacho del jefe, donde, además de este, le esperaba una comitiva de Recursos Humanos.
La mayoría de compañeros nos enteramos el lunes… Ira, desánimo, tristeza, indignación, impotencia… todos esos sentimientos nos pisotearon… pero ante todo había uno que superaba a los demás incredulidad, pero Marcos no estaba. Afortunadamente alguien nos sacudió con la pregunta que necesitábamos antes de que se enfriara la sangre, helada por el órdago que nos lanzaba el gigante: “¿Qué vamos a hacer?”.
En nuestras mentes nació la idea de que algo teníamos que hacer. Alguien sugirió hablar con los sindicatos, pero todos sabíamos que había que hacer algo más, porque habían tocado a uno de los nuestros y nos estaban amenazando a todos. Cada trato de inventar algo. Los más valerosos organizaron un comité de huelga, pero nadie quiso quedarse atrás y fruto de ello nació este blog. El primer elemento de lo que luego se convertiría en una guerra en las Redes Sociales e Internet… pero una guerra que no hubiese tenido mayor trascendencia si el movimiento no se hubiese extendido por toda Barcelona primero (aquí empezaron a tener mucha importancia los sindicatos, no CC.OO. y UGT, claro), pero la llamarada se extendió por Madrid, Valencia, Sevilla, País Vasco, Galicia y, digámoslo de paso, se convirtió en algo precioso.
Los primeros meses “Llacuna en lucha” se convirtió en un medio de comunicación, después nos substituyó, con mayor eficacia, “Yo soy rentable” y durante la huelga de hambre, el blog “huelga de hambre”. Y aparecieron otros blog’s y blogers en la redes, que junto a una enorme presencia en las Redes Sociales, terminaron siendo uno de los frentes que se atrevió a poner en jaque al Goliat de Telefónica.
Creímos haber ganado cuando el juzgado de primera instancia declaró nulo el despido y Marcos volvió con nosotros. Pero solo fue un malévolo espejismo que duró unos meses, hasta que un juez, de forma muy extraña, modificaba la sentencia de nulo a improcedente, eso sí, criticando a la empresa por haber incurrido en un acto inconstitucional.
Suena a burla eso de “inconstitucional”, porque según la ley, todo juez debe atenerse primero a los artículos constitucionales que a los de los Códigos Penales. A constitución también tiene carácter de ley y, además, siempre tiene un carácter preferente sobre cualquier otra letra legal… y eso es por definición de lo que es una Constitución. Por tanto el juez del tribunal superior, obviamente, no había estado a la altura y ahora el único camino legal era el mismísimo Tribunal Constitucional, con un periodo de espera de entre 4 y 8 años ante no se tiene en cuanta un caso, y solo 1 de cada diez pasan el filtro para ser tratados por ese tribunal. Superado ese tribunal aún queda el europeo… pero ya estaríamos hablando del orden de 4 años más… con lo que la espera hubiese podido alargarse 12 años.
En definitivas cuentas, Marcos tenía un despido improcedente, por lo que Telefónica lo volvió a poner en la calle.
Para entonces, cuando por segunda vez fuimos tocados de nuevo, ya no contábamos con el falso e hipócrita apoyo de CC.OO. y UGT. Ya se habían sacado las caretas, ganado unas elecciones y firmados un nuevo convenio a la baja y un ERE de una tacada.
Aun así, el resto de sindicatos nos enseñaron que aún en medio de la noche puede existir una luz encendida. El don de gentes de Marcos, además, le había granjeado la amistad de importantes personalidades. Pero, sobre todo, la cantidad de personas que pusieron tanta carne en el asador, nos hicieron soñar que se daría la vuelta a una injusticia.
Por eso cuando Marcos, hace cosa de un mes, nos dirigió una carta a todos los compañeros, diciendo que había llegado el momento de hacerse a un lado, sentí tristeza, vaciedad… pero, ante todo, un profundo sentimiento de derrota.
Está claro que no podemos obligar a Marcos a luchar en una guerra perdida durante años. No puede ser nuestra eterna bandera para todo lo que ha de venir (que presumo terrorífico). Tres años son mucho tiempo… en especial sin asegurar unos ingresos. Pero los sentimientos tienen la puñetera costumbre de no obedecer a la razón… y en el fondo eso es bueno, porque sin unos sentimientos que guiaran a David contra Goliat, jamás hubiese existido ese inspirador pasaje de la Biblia y, tal vez, todos seríamos esclavos.

No pude decirte adiós, Marcos. Y sé que, desde lejos o de cerca, tú estarás junto a nosotros en las batallas que han de venir, pero ahora somos como el cuerpo de Marina del Ejército Español, que desfila con una bandera prestada porque la suya la perdió en la batalla.


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