lunes, 8 de octubre de 2012

Sin responsabilidad social por parte de las grandes corporaciones no salimos de la crisis.


Las grandes corporaciones tienen la llave para salir de esta crisis, pero han decidido utilizarla para usos bastante más egoístas. Aquella idea de que toda empresa, por el hecho de obtener un beneficio económico de la sociedad también tiene una responsabilidad para con ella, ha ido desapareciendo conforme las corporaciones multinacionales se han ido haciendo más grandes.
Originalmente las empresas tenían un solo empresario o bien un grupo reducido de ellos y hacerles sentir responsables no era muy difícil. De hecho, la responsabilidad es una necesidad de las pequeñas y medianas empresas porque su futuro depende de cómo sean capaces de cumplir con sus compromisos. Desgraciadamente, una vez acabó la crisis de los 70, las grandes empresas descubrieron que era más fácil  fagocitar a las pequeñas y medianas empresas que habían estructurado el negocio de un país que crear una estructura nueva para competir. Fruto de estas políticas ahora los mercados están gobernados por las grandes corporaciones que se han cargado las estructuras productivas locales y han trucado los mercados donde los clientes se ven obligados a comprar lo que ellos venden en lugar de lo que realmente buscan. De este modo han violado el compromiso que toda empresa tiene con los mercados, pero también han violado todo tipo de compromiso con sus sociedades, ya que no han dudado en abaratar costos deshaciéndose de ingentes cantidades de trabajadores y abaratando sus salarios.
Nadie duda de que esto por sí solo ya es muy malo para la sociedad, pero estas grandes corporaciones, que además lo controla todo, no tienen ningún sentimiento de culpabilidad en su cima social, porque ahora ya no existe un empresario capitalista que la dirija, ahora es el reino de unos tiburones que deciden por unos dólares más o menos, pero  cuya responsabilidad sobre sus actos está desaparecida psicológica y legalmente. Estos nuevos directivos se limitan a obrar sobre unas cifras que en ningún momento se atreven a valorar como personas individuales y menos aún como sociedades enteras. En el fondo saben que sus acciones empobrecen a países enteros y que sus individuos, tarde o temprano, ya no estarán capacitados para adquirir los productos de sus empresas, pero eso no les importa porque a cambio han obtenido unos beneficios personales que ellos creen que van a sobrevivirles varias generaciones.
Telefónica es un ejemplo más en esta dinámica que ha creado un nuevo mundo incapaz de superar la actual crisis. Puede que la chispa que encendió la crisis no fuese el citado problema, pero con los actuales índices de paro son el combustible perfecto para mantener el estado de ruina permanente. Y es curioso como estas mismas empresas ven reducir sus ingresos y ninguna de ellas es capaz de cambiar la tendencia. De hecho nuestro país aún ha obrado peor pues ha contratado a ingentes cantidades de expolíticos y familiares de estos, para convertir a este estamento oligárquico en sus cómplices. A nadie le puede extrañar pues,  que se repartan más nóminas con el membrete de Telefónica en la calle Génova que en la ciudad de las telecomunicaciones. Entre tanto, con una vuelta más de tuerca, la empresa que en su día tuvo más de 65.000 empleados, hoy apenas da empleo “responsable” a unos 18.000, mientras sus beneficios se han multiplicado por 300%. Eso sí, una reducción momentánea de esos beneficios en un 20% ya es óbice para diseñar otra campaña de precarización laboral. El problema es que cada precarización que una gran empresa realiza, se convierte en  una nueva línea de fichas de dominó que caen, una tras otra reduciendo el consumo y generando que otras empresas reduzcan a su vez los beneficios. Con esta reducción las empresas más empobrecidas caen y la crisis va en aumento derribando más y más fichas de dominó.
Solo el compromiso de las grandes multinacionales a no precarizar los recursos de la ciudadanía, manteniendo puestos y salarios (como hizo Toyota en los 70) e intentando no encarecer sus productos a costa de reducir su margen de beneficio, puede salvarnos de la hecatombe reflotando la economía. Pero mientras persista el egoísmo belicoso de las grandes directivas todo está perdido… pero no solo en España. Poco importa si existe o no un rescate, la próxima vuelta de tuerca en la máquina de ganar dinero puede ser la que finalmente la rompa.
Relacionados con este artículo también podéis buscar en internet estos otros dos que os aportarán sendos nuevos puntos de vista sobre la problemática actual y a la que no es ajena Telefónica:


http://www.anticapitalistas.org/De-la-indignacion-a-la-ciberaccion

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